VIAJES DE COLÓN

VIAJES DE COLÓN

"Yo siempre leí qu’el mundo, tierra e agua, era espérico e las Auctoritates et esperiençias que Ptolomeo e todos los otros qu’escrivieron d’este sitio davan et demostravan para ello, así por ecclipses de la luna et otras demostraçiones que fazen de Oriente fasta Occidente como de la elevaçión del polo de Septentrión en Austro. Agora vi tanta disconformidad como ya dixe; e por esto me puse a tener desto del mundo, e fallé que no era redondo en la forma que escriven, salvo que es de la forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo allí donde tiene el peçón que allí tiene más alto...” Cristóbal Colón.

 


Viajar a América siempre ha sido uno de mis sueños. Embarcar en Cádiz hacia el Continente y descansar unos días en La Española para proseguir viaje hacia Cuba, La Florida, bajar por el istmo de Panamá y llegar a Colombia, tomar unos cafés, y bajar a Venezuela para recorrer el Amazonas.

Recorrer en el espacio y en el tiempo América siempre será una aventura:

El viernes 3 de agosto de 1492 a las ocho horas, dos carabelas y una nao partieron hacia el sur, luego hacia el sudeste y de nuevo hacia el sur, que era el camino hacia Las Canarias, adonde llegaron el jueves día 9, para partir de nuevo; lo que encontraron al final del viaje ya lo sabemos.

El placer de viajar, el conocer nuevos y exóticos ambientes, no es una sensación exclusiva de nuestro tiempo -el mal llamado siglo del ocio-. La historia de la humanidad ha evolucionado gracias a los viajeros: aventureros que nos descubren su placer por conocer nuevas culturas, otras tierras, otros olores y colores.

Colón, en plena juventud, se siente atraído por la llamada de la aventura. Enrolarse en una nave y viajar por los océanos del mundo, de un mundo aún por descubrir, es lo más excitante que puedas llegar a imaginar. La imaginación es nuestro sentido más importante, es el motor que nos conduce a explorar nuevas tierras, excitantes y exóticas.

Colón imaginó un mundo semiredondo, en forma de pera, y poco importaba quién costeara el viaje, lo importante era navegar, siempre hacia Occidente, para llegar a Oriente, por el simple hecho de viajar, de nuevo, hacia la aventura.

El viernes 12 de octubre pisaron las tierras de Guanahaní, maravillándose de todo lo que encontraron: árboles descomunales y muchas y variadas frutas; convencidos de haber llegado a Çipango, se extrañaron de que el Gran Can no enviara emisarios a recibirles, aparte de que los habitantes de aquellas tierras andaran por ahí desnudos, y del color de sus cuerpos y sus cabellos.

El diario de navegación del primer viaje, hoy perdido, conocido a través de la versión que nos da Fray Bartolomé de las Casas: intenta convencernos de que estamos ante las puertas del paraíso, el Edén perdido, y poco a poco los descubrimientos de este exuberante mundo se relacionarán con aquel paraíso que relataron los antiguos; se comparan los alimentos, animales y hombres: alimentos sabrosos, animales salvajes y hombres dóciles y buenos por naturaleza, fáciles de convertir al cristianismo, del que provienen en un principio sin saberlo.

Como un turista primitivo Colón recorre las islas, conversa con los nativos, intercambia souvenirs... y se trae un par de indios para pasearlos por el reino.

El miércoles 16 de enero, a las 3 horas, partió Colón del golfo de las Flechas, hacia el nordeste, dirección al reino de Castilla, donde finalizó el viaje el viernes 15 de marzo de 1493.

Volverá Colón de nuevo en otras tres ocasiones a visitar Çipango, además de por su interés en demostrar que aquello que encontró eran en realidad las Indias, por su incansable gusto por la aventura.

 

El Diario del Primer Viaje de Colón, en su versión del Padre Bartolomé de las Casa es el primer documento que se engloba dentro de lo que se denomina textos colombinos, género que se extiende durante todo el período colonial.

Se incluye además dentro del subgénero de Cartas Relatorias, documentos que narran con cierto detalle acontecimientos de importancia notable.

Dentro de este subgénero se incluyen el Diario de Colón, las Cartas de Hernán Cortés y otros textos relatorios, cuya función principal no es la de escribir, sino la de descubrir y describir. El hecho de que los descubridores narren sus acciones se debe a una imposición informativa de los Reyes Católicos sobre lo que estaban descubriendo.

El Diario de Navegación del Primer y Tercer Viaje de Colón, hoy perdidos, sólo son conocidos a través de la versión del Padre Bartolomé de las Casas a través de los acontecimientos que le narra el hijo de Colón, D. Hernando, del que se hace amigo personal.

Lo interesante del Diario de navegación de Colón es la visión del mundo que muestra, visión europea predeterminada por lo que en realidad deseaba ver.

Nos encontramos así con elementos propios de la literatura medieval, como la descripción de la naturaleza englobándola dentro del Locus Aemenus latino, ya que Colón quería y creía encontrarse ante las puertas del paraíso; además Colón emplea estos elementos descriptivos porque no dispone de otros elementos para describir una naturaleza que desconoce y además porque se dirige a los Reyes Católicos, que desconocen mucho más que él esta nueva realidad, por lo que en muchos casos intentará “inventar” un nuevo lenguaje para describrir lo que ve.

Colón, está convencido de que ha llegado a Asia. Primero topa con una de las islas a las que, está convencido, van los servidores del Gran Can a tomar esclavos, y lo más importante, que se encontraba muy próxima a Çipango.

Esta idea venía fundamentada por esta idea predeterminada de lo que esperaba encontrar. Esta idea condicionará todo lo que perciba, y ninguna circunstancia, como la rudeza de los habitantes, el no encontrar grandes ciudades, ni riquezas, harán que piense lo contrario.

La motivación del Segundo Viaje era demostrar que aquello era realmente Asia. El modo de probarlo consistía en demostrar que en aquellas tierras se daban las circunstancias que los científicos otorgaban a Çipango. Éstos demandaban a Colón que les mostrase que tras las islas estaba el continente asiático. Otra de las pruebas que se le exigían era demostrar que en el extremo sur del continente existía un punto en el que se fundían los océanos Índico y Atlántico.

Desde el punto de vista político-comercial, este segundo viaje fue un fracaso; Colón decide llegar a la isla de San Juan para tomar unos esclavos, pero debido a la peste esta empresa no puede lograrse.

Colón llega a la isla de La Isabela gravemente enfermo, hay motines importantes, los marineros se sublevan, comienzan los saqueos a los indígenas...

El clima suave del que hablan en el primer viaje se convierte ahora en peste y enfermedades tropicales para los españoles. Los indios no son tan pacíficos vasallos como se pensaba y entran en armas. Las tierras se convierten en un infierno para Colón, que regresa a Castilla sin saber todavía si detrás de las islas está el continente Indio.

Inglaterra también pretende aprovecharse de las nuevas riquezas dscubiertas mandando expediciones para ampliar su dominio comercial; así, descubre tras las islas el Continente. Queda a Colón demostrar la segunda motivación científica: descubrir el punto de unión entre los dos océanos, motivación del Tercer Viaje.

Inicia Colón el Tercer Viaje el 30 de mayo de 1498 bordeando la costa sin encontrar ese punto. Está convencido de que aquello es un vastísimo continente, un nuevo Ecumene situado al sur de Asia.

Las noticias de este tercer viaje llegan a Euopa y se organizan nuevas expediciones. Se piensa que la base continental del Norte es Asia y la parte Sur un nuevo continente, el nuevo Ecumene sugerido por Colón.

Américo Vespucio es el primero que piensa en la unidad de aquel nuevo continente, identificándolo con el continente asiático.

Encontramos ahora un Colón visionario coincidiendo con la imagen de su quiebra personal; Colón se ve perdido a la vez que protegido por Dios. Así, se envolverá de cierto misticismo con este tercer viaje: se encuentra con la misión de no introducir a nadie en el continente virgen de las indias que no sea un modélico cristiano, ya que al tratarse del paraíso, el hombre que lo habita es un hombre bueno, del que se aprovechan en su beneficio los que van a las nuevas tierras.

Nos encontramos así con una visión triple en la mentalidad de Colón: la primera dirigida hacia los indios, hacia la etnografía del continente (se preocupa de las tradiciones y costumbres de sus habitantes); otra es la forma de emplearlos como fuente de información acerca de los otros indios y de sus tierras, y la tercera visión es la propia de los hombres de negocios que ven en los indios una riqueza en bruto como mano de obra.

Sin embargo, esta visión de los indios va variando a través de los distintos viajes; así, en el primer viaje los indios son vistos según el tópico renacentista del buen salvaje; en el segundo viaje los indios se convierten en bárbaros a los que hay que controlar tras el asalto de la fortaleza de Navidad; en el tercer viaje vuelven a ser los hombres sencillos y dóciles de la primera visión (aunque pueda ser una visión manipulada a través de los ojos del Padre De las Casas), y en el cuarto viaje la visión de los indios vuelve a ser negativa, los indios son viejos hechiceros y las indias prostitutas.

Para resolver las dudas acerca del continente asiático se plantea el Cuarto Viaje de Colón (y el tercero de Vespucio, quien tampoco encontrará la unión entre los dos mares, comprobando que la masa se extiende desde ambos polos).

Colón tenía instrucciones precisas de dirigirse al norte de Cuba hasta Catay y no detenerse en La Española. El 15 de junio llega a Matinitó, pasa a La Dominica e intenta subir al norte de Cuba, pero el mal estado de una de las naves le obliga a dirigirse a La Española. Allí la incomprensión del Gobernador le impide desembarcar, destruyendo un huracán la mayoría de las naves. Continúa viaje hacia el continente, sufriendo continuas tempestades y ataques indígenas, llegando al istmo de Panamá suponiendo entonces haber descubierto el ansiado paso entre los dos océanos. Sin embargo, de pronto, parece dejar de lado el móvil del viaje y se centra, aparentemente, en el oro y en los posibles recursos de la tierra, mandando numerosas expediciones a descubrir nuevos lugares.

Mientras, Colón, enfermo y decepcionado por cómo se van sucediendo los hechos -la carrera por conquistar las nuevas tierras, el saqueo de sus propias tropas, las mentiras y engaños que llegan a España sobre sus actuaciones-, le llevarán a escribir el Libro de las profecías y a pedir al papa misioneros para rescatar Jerusalén de las envidias, saqueos y pillaje no sólo de los propios marineros españoles, sino del resto de países que empiezan a extender sus dominios por el nuevo Ecumene.

Entre las tropas españolas va creciendo el malestar, la mayoría está agotada y desea regresar a casa, eso sí, con las manos bien repletas de las riquezas encontradas; pero Colón quiere quedarse y, sin recursos y creciendo su vena mística escribe a los Reyes Católicos para convencerles de nuevo de las riquezas existentes y, con datos eruditos confirmarles que se encuentran en las Indias, su deber como protectores de la tierra sagrada.

Después de una pequeña sublevación, parte de los españoles queda en La Española y Colón, con un reducido número de marineros, regresa a España en noviembre de 1504.

El 20 de mayo de 1506 muere en Valladolid, convencido de que las tierras descubiertas eran efectivamente las asiáticas, y sin que se le reconocieran por parte de los Reyes de España los derechos que le correspondían por el negocio de las Indias.