Juana de Ibarbourou

Juana de Ibarbourou
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BIOGRAFÍA
De soltera su nombre era Juana Fernández Morales, pero es mas conocida como Juana de Ibarbourou, apellido adoptado de su marido, el capitán Lucas Ibarbourou, con quien se casó cuando tenía veinte años. Es escritora uruguaya (Melo 8 de marzo de 1892-Montevideo 15 de julio de 1979). En 1947 fue elegida miembro de la Academia uruguaya, y en 1959 le fue concedido el premio nacional de literatura otorgado ese año por primera vez. Destaca por su inmensa popularidad, que le llegó muy pronto y le granjeó el titulo de "Juana de América". Estéticamente su obra depende del modernismo, y su temática tiende a la exaltación sentimental de la entrega amorosa, de la maternidad, de la belleza física, de la naturaleza, que expresa con cierto lastre retórico.

BIBLIOGRAFÍA
Escribió Lenguas de diamante (1918), con el que alcanzó un éxito instantáneo. Otras de sus obras son: Cántaro fresco(1920); Raíz salvaje (1922); La rosa de los vientos (1930); Los loores de Nuestra Señora y Estampas de la Biblia (1934); Chico Carlo (1944), cuentos autobiográficos de la infancia; Perdida (1950); Azor (1953); Mensaje del escriba (1953); Dualismo, antología; Destino, relatos; Oro y tormenta (1956); Juan Soldado (1971), colección de dieciocho relatos. Ha escrito también varias obras para niños: Ejemplario (1927), libro de lectura; Los sueños de Natacha (1945), teatro infantil sobre temas clásicos. En 1968 publicó un volumen antológico de su producción lírica: Los mejores poemas. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas

PRESENTIMIENTOS
Siempre suspiro por ti, ¡oh bosque!, y por ti, ¡oh campo!, y por ti, ¡oh agua! Estoy convencida de que en una vida ancestral, hace ya miles de años, yo tuve raíces y gajos, di flores, sentí pendientes de mis ramas, que eran como brazos jugosos y verdes, frutas tersas, pesadas de zumo dulce; yo estoy convencida de que hace un gran puñado de siglos, fui un arbusto humilde y alegre, enraizado a la orilla montuosa de un río. Por eso siempre suspiro por ti, ¡oh bosque!, por ti, ¡oh campo!, y por ti, ¡oh agua!.[De El cántaro fresco]

EL ALMA DEL HUERTO
Nuestro huerto es nuevo y pequeñito. Los arboles recién empiezan a dar frutos. El ultimo invierno un naranjito ostentó ocho esferas de oro vivo entre sus ramas tiernas. Esta primavera en el manzano cuajaron hasta dos docenas de flores. Y con amor hemos vigilado el desarrollo de las frutas, primero pequeñitas como avellanas, luego esponjadas y tersas como senos de muchachas. Pintaban ya cuando los gorriones descubrieron tal tesoro. Y hemos tenido que arrancarlas a medio madurar, para evitar que esos golosos con alas malogren nuestra dulce cosecha. Y ahí están, ocultas en mi viejo aparador de cedro. Cuando abro el antiguo armario, un olor delicioso y suave llena el comedor. Es como si el alma del huerto estuviera escondida en el vetusto mueble y se esparciera de pronto por la habitación. Si el viento, extrañado de no encontrar ahora aromas frutales en mi quinta, preguntara un día:
-¿Dónde está el alma del huerto?
Mi viejo armario podría decir abriendo un poquito su puerta maciza por la que escaparía el olor a las manzanas:
-¡Aquí! [De El cántaro fresco]

SELVA
Selva; he aquí una palabra húmeda, verde, fresca, rumorosa, profunda. Cuando uno la dice, tiene en seguida la sensación del bosque todo afelpado de musgos, runruneante de píos y de roces, lleno de los quitasoles apretados y movibles de las copas de los arboles, bajo las cuales las siestas ardientes son tan dulces y donde es tan grato, tan grato, tenderse a soñar. ¡Selva! ¡Oh, Dios mío, qué palabra tan alegre y tan fresca! ¡Qué palabra para mí tan llena de reminiscencias! Huele a eucaliptos, a álamos, a sauces, a grama; suena a viento, a agua que corre, a pájaros que cantan y pían, a roce de insectos y croar de sapitos verdes; evoca redondeles de sol sobre la tierra, frutas silvestres de una dulzura áspera, caravanas de hormigas rojas cargadas de hojitas tiernas, penumbra verdosa y fresca, soledad. ¡Oh Dios mío, evoca mis quince años y toda mi alegría sana inconsciente y salvaje! [De El cántaro fresco]

EL TRIGO
Por frente a la ventana, donde me he sentado a coser, acaba de pasar, lento y pesado, un carro lleno de trigo. En la calle ha quedado un reguero de pajuelas y espigas amarillas y brillantes. Y todo mi corazón se va tras ellas y mis ojos no se cansan de contemplarlas y mis dedos tamborilean en los vidrios de la ventana, con ansias de traspasarlos y alargarse hasta palpar ese rastro dorado. Cuándo era niña, ¡cuanto me gustaba jugar en las parvas de trigo! Mi cabello rebelde y negro tomaba reflejos dorados bajo las pajitas brillantes que se prendían a él. Era en la época en que el aire es tibio y el viento tiene olor a margaritas. Yo era una chicuela salvaje y alegre y mis ojos no tenían entonces esta expresión ávida y triste que tienen ahora. [De El cántaro fresco]

VESTIDOS NUEVOS

Creo a veces que las plantas son como las mujeres: les gusta cambiar de traje. Por eso en Otoño arrojan al suelo todas sus hojas amarillas y en Primavera se cubren de brotes brillantes. ¡Es que, de veras, es tan lindo ponerse un vestido nuevo! Y las acacias se adornan de moños blancos, los aromas de lunares de oro, los plátanos de borlitas verdes y los miosotis, como "Piel de Asno", le piden a l hada de las flores un vestido hecho de cielo. ¡Hasta los cardos, tan ásperos, sienten despertar su coqueteria y se prenden entre las duras greñas un penacho azul! ¡Me río yo de los botánicos que quieren explicar gravemente los fenómenos de la florescencia y de la vegetación! ¡Si al brotar y al florecer las plantas no obedecen a otro impulso más que al deseo de ponerse un bonito vestido nuevo! Por eso, también, crecen con preferencia en torno de las acequias, de los estanques, de los arroyuelos: para tener un espejo en que mirarse. [De El cántaro fresco]